En 2005 se estrenó Orgullo y prejuicio, una nueva adaptación de la novela de Jane Austen, con Keira Knightley como Elizabeth Bennet y Matthew Macfadyen como Mr. Darcy. Desde entonces, muchas historias románticas han intentado ocupar el mismo lugar: dramas de época, romances con diálogos afilados y escenarios que parecen pinturas, pero pocas han logrado quedarse con tanta fuerza en la memoria colectiva.
La película dirigida por Joe Wright no llegó sola. Antes ya existía la famosísima miniserie de la BBC de 1995 con Colin Firth, adorada por muchos fans de Austen. Aun así, la versión de Wright hizo algo distinto: tomó una novela publicada en el siglo XIX y la llenó de miradas incómodas y silencios que pesan más que cualquier declaración explícita.
Una historia clásica que no se siente lejana
La razón por la que Orgullo y prejuicio sigue funcionando es bastante simple: se entiende. Elizabeth Bennet es una joven inteligente, orgullosa y con cero ganas de casarse solo por conveniencia. Mr. Darcy es rico, serio, aparentemente antipático y pésimo para causar una buena primera impresión. Desde que se conocen, los dos se caen mal y se juzgan, pero poco a poco empiezan a gustarse sin querer aceptarlo.
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La película no trata a los personajes como figuras de museo. La familia Bennet es ruidosa, caótica y bastante reconocible: una mamá preocupada por casar a sus hijas, un papá irónico que observa todo y hermanas que se pelean y hacen drama como en cualquier casa. Aunque la historia ocurre en otra época, las emociones siguen siendo muy actuales.
Keira Knightley y Matthew Macfadyen hacen que todo se sienta real
Keira Knightley le dio a Elizabeth una energía muy fresca. No la interpreta como una heroína perfecta ni como una señorita delicada que nunca se equivoca. Su Elizabeth se ríe, se enoja, contesta, se contradice y a veces también se pasa de orgullosa. Todo eso la vuelve mucho más humana y más fácil de querer.
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Matthew Macfadyen hizo algo parecido con Darcy. En lugar de convertirlo en el típico galán frío que solo entra a escena para verse misterioso, lo interpreta como un hombre incómodo, torpe y emocionalmente cerrado. Se nota que no sabe qué hacer con lo que siente por Elizabeth y sus gestos dicen precisamente eso.
La famosa escena de la mano no se olvida por nada
Una de las escenas más recordadas ocurre cuando Darcy ayuda a Elizabeth a subir a un carruaje y, después de tocar su mano, flexiona la suya como si ese contacto lo hubiera dejado fuera de lugar. No pasa nada ni hay beso, pero el momento se volvió icónico porque todo está contenido ahí. La atracción, los nervios y la sorpresa.
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También está la escena bajo la lluvia, cuando Darcy le declara su amor de la peor manera posible. Él intenta decirle que la quiere, pero lo hace mezclando orgullo, clasismo y cero tacto. Elizabeth, con toda razón, lo rechaza. La escena funciona porque se aleja de lo cursi y se vuelve incómoda e intensa, como muchas conversaciones importantes en la vida real.
A más de 20 años de su estreno, Orgullo y prejuicio sigue cautivando porque no necesita verse moderna para sentirse actual. Habla de la arrogancia, primeras impresiones, malos entendidos y de lo difícil que puede ser decir lo que uno siente sin arruinarlo todo. Cambian los vestidos, los bailes y las reglas sociales, pero el drama sigue sintiéndose muy cercano a lo de hoy.