Antes de convertirse en Iron Man, Robert Downey Jr. pasó por toda clase de papeles. Nicolas Cage tampoco había llegado todavía a Adiós a Las Vegas, Contracara o La roca. A principios de los años 80, ambos eran jóvenes actores intentando quedarse con los mismos papeles, y uno de ellos podía haber cambiado por completo una de las películas más queridas de aquella década.
El proyecto parecía sencillo: un adolescente llega a una ciudad nueva, se convierte en el blanco de un grupo de acosadores y encuentra en un hombre mayor al maestro que necesita. Nadie esperaba que frases como "dar cera, pulir cera" sobrevivieran durante más de 40 años ni que una patada de grulla terminara imitada en patios, escuelas y salas de todo el mundo. Mucho menos que el actor elegido siguiera interpretando al mismo personaje décadas después.
Ralph Macchio parecía alguien que no podía ganar una pelea
Ralph Macchio consiguió el papel de Daniel LaRusso porque tenía una cualidad que no encontraron en Downey Jr., Cage ni los demás candidatos: parecía frágil de verdad. Robert Mark Kamen, guionista de Karate Kid, recordó que Macchio llegó sin musculatura, delgado y con muy poca coordinación para las artes marciales. Le mostró algunos bloqueos y golpes sencillos y el actor no pudo hacerlos bien, lo que hizo que Kamen pensara que era perfecto.
Columbia Pictures
La producción no buscaba al joven más atlético ni a alguien capaz de lanzar una patada espectacular desde la primera prueba. Daniel debía sentirse como un adolescente que no tenía ninguna posibilidad contra los integrantes de Cobra Kai. "Quería un cobarde", explicó Kamen al recordar el casting, aunque la palabra se refería más a su apariencia de muchacho vulnerable que a la personalidad del personaje.
Downey Jr. y Cage no fueron los únicos nombres considerados. Anthony Edwards, Charlie Sheen, Sean Penn, Jon Cryer, Emilio Estevez, Eric Stoltz y C. Thomas Howell también estuvieron relacionados con la búsqueda. El papel terminó en manos de Macchio, quien ya había trabajado con Francis Ford Coppola en Rebeldes y tenía 21 años, aunque su aspecto juvenil le permitía pasar sin problema por un adolescente de 16.
No saber karate era exactamente lo que necesitaba Daniel LaRusso
Macchio había tomado algunas clases de defensa personal durante la infancia, pero no contaba con una verdadera formación en karate. Después de su primera lectura, el director John G. Avildsen le dijo que todavía no podía prometerle el papel, aunque le recomendó comenzar a entrenar. El actor salió de ahí, buscó un instructor y tuvo alrededor de cinco semanas de preparación antes de ponerse frente a las cámaras.
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La falta de experiencia terminó trabajando a favor de la historia. Daniel no pelea como un competidor formado desde niño, sino como alguien que apenas aprende a protegerse, esquivar ataques y responder cuando encuentra una oportunidad. Kamen aseguraba que ninguno de aquellos jóvenes sabía realmente karate y que esa limitación ayudó a construir los combates.
Pat Morita terminó de convertirlo en el 'Karate Kid' perfecto
El papel de Daniel tampoco habría funcionado igual sin Pat Morita como el señor Miyagi. La química apareció desde su primera lectura juntos, pese a que el estudio dudaba de contratar a un actor conocido principalmente por la comedia. Morita dejó atrás la personalidad que el público asociaba con Happy Days y construyó a un maestro tranquilo, divertido y marcado por una historia dolorosa.
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Karate Kid costó alrededor de ocho millones de dólares y terminó recaudando cerca de 90 millones solo en Estados Unidos. Pat Morita recibió una nominación al Oscar, llegaron varias secuelas y la rivalidad entre Daniel y Johnny regresó décadas después con Cobra Kai. Macchio volvió además al cine en Karate Kid: Legends, ahora ocupando el lugar del mentor junto a Jackie Chan.
Robert Downey Jr. terminó encontrando a Tony Stark y Nicolas Cage construyó una de las filmografías más extrañas de Hollywood. Ralph Macchio, en cambio, consiguió el papel porque al abrir la puerta parecía el último hombre al que alguien elegiría para ganar un torneo. Esa era toda la idea: antes de creer en la patada de grulla, el público tenía que creer que Daniel podía perder.