Climax
Críticas
5,0
Obra maestra
Climax

El infierno bellamente orquestado

por Carlos Gómez Iniesta
Hubo una vez que la ciencia abrió la puerta
Alimentamos los campos hambrientos hasta que no pudieron comer más
Pero las pociones que hicimos tocaron a las criaturas de abajo
y crecieron como nunca lo habíamos visto. 

Estaban enojadas con el hombre porque cambiaron su forma de vida
Y tomaron una dulce venganza mientras pisoteaban por la noche
Por cientos de millas o más puedes escuchar a la gente llorar
Pero no hay nada que puedas hacer, pues hasta Dios está de su lado. 

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 Cerrone, "Supernature"

La canción del genio disco francés, leiv-motiv del quinto largometraje del controversial Gaspar Noé, ya lo advertía. Pero uno queda tan pronto hipnotizado por la coreografía, los colores y la grandilocuente versión de "Trois Gymnopedies" que introduce Clímaxque apenas es posible ponerle atención a su mensaje. Cerca de la premiere mundial de la cinta, el director imprimió una raquítica sinópsis en el programa de la Quincena de Realizadores de Cannes que siguió manteniendo la trama en secreto antes de su estreno: "El nacimiento y la muerte son experiencias extraordinarias. La vida es un placer fugaz". Pareciera no decir nada (o decirlo todo), pero aún hoy que ya sabemos de qué trata, es difícil estar preparado para lo que se mostrará en pantalla durante los siguientes 96 minutos. 

Un grupo de bailarines ensayan en un recóndito edificio la coreografía que presentará en su próximo tour por EEUU. Después de la impecable ejecución, celebran con un pequeño convivio sin saber que alguien le ha puesto LSD a la inocente sangría con frutas ("Hubo una vez que la ciencia abrió la puerta..."). Tomar de aquella "poción" liberará sus demonios, traerá la oscuridad, sacará lo peor de cada uno de ellos hasta que la profecía se cumple: "Por cientos de millas o más puedes escuchar a la gente llorar". Es 1996 y no hay Internet, no hay celulares (hubiera sido otra cosa con ellos)... Es una historia real de la que muy pocos oímos hablar antes. 

Sofía Boutella, al centro, era una de las bailarinas principales de Madonna.

La apertura es una toma cenital en la que vemos una mujer sangrante que cae en la nieve. Después de ver los créditos finales (sí, al mero principio), aparece el encuadre inmovil de una vieja TV que muestra las entrevistas de una veintena de jóvenes como si aplicaran a un trabajo o realizaran un casting. Todos hablan sobre lo que representa el baile para ellos y qué harían con tal de seguir haciéndolo. Respuesta: Todo. No podemos asegurar de quién es la voz que está detrás de esa cámara: Suponemos que es la de la "jefa" y coreógrafa Madre Selva (maravillosa Sophia Boutella) pues ella no aparece en las entrevistas. Quizá también esté con ella Daddy (Kiddy Smile), quien es el DJ del grupo. Desde ahí Gaspar Noé está jugando con nosotros y no hemos puesto ni la mínima resistencia. Y es que, ¿está viendo ese video antes o después de los trágicos acontecimientos? O más importante, ¿quién está reproduciendo este video? Es alguien lo suficientemente "sombrío" para ser inspirado por El perro andaluz y la tragedia dancística Suspiria de Dario Argento, como lo marcan los libros y VHS alrededor del aparato. Hay una historia más allá de la historia. La cinta practicamente se divide en cuatro partes, y ésta, la primera, es más interesante de lo que se piensa en su primer visionado.  Vale la pena regresar a ella para descubrir claves en las personalidades de los contratados y el motivo de sus acciones durante aquella noche. 

La segunda parte nos trae el primer clímax: un plano secuencia con la portentosa coreografía diseñada por la genial Nina McNeele con la versión instrumental de la mencionada "Supernature". Deformaciones, agresividad, sensualidad, contorciones, todos los elementos propios de su estilo, mismo que ha llegado al mainstream por sus trabajos para Bjork y Rihanna. Aquí queda claro el poder de este ensamble. Sublime. El espíritu elevado por el movimiento del cuerpo. La libertad. El equipo. Un baile que hace envidiar y sorprenderse a los que nunca podremos hacer algo parecido. (Para mí, el sólo apreciarlo vale la pena el boleto). En plena euforia del ensayo bien realizado, Madre Selva grita emocionada: "¡Dios está con nosotros!", la frase que comienza el desastre... "...hasta Dios está de su lado". 

No le echen toda la culpa al trago. Quien es malacopa, es malacopa.


El convivio de celebración inaugura la tercer parte, donde todo se empieza a desbaratar. Mientras los vasos de sangria corren, nos damos cuenta de lo mal que ya estaban las cosas. El director vuelve a jugar con nosotros: lo que parecía un grupo en alineación perfecta, joven, talentoso, bello, realmente es el contraste entre lo sublime y lo mundando. El equipo se pulveriza y empiezan los cuchicheos en grupos de dos o tres: Rumores, envidias, deseos carnales, competencia. Que porqué invocar a dios, que porqué estar aislados del mundo en este edificio, que esto parece una secta (otro guiño a Suspiria), que la bandera de Francia a lo largo del salón es un insulto, que aquella tipa está más buena que la otra, que este otro se ha cogido a todas... La sangría no fue el problema, sólo fue el catalizador para sacar lo que unos quieren decir y hacer con los otros. Gracias a ella nadie se escandalizara si alguien se orina en la pista u otro grita de dolor, deseperación o terror. Puedes acosar sin consecuencias, puedes golpear a quien te parezca merecedor, ¡pobre del sospechoso de adulterar la bebida! Parnoia y angustia al extremo. 

Ello da paso al clímax histriónico y técnico del acto final. Un plano secuencia de 45 minutos en el que la tensión va in crescendo junto al efecto de la droga, la violencia y la estupidez. El mismo Gaspar Noé ópera una cámara del Gran Hermano dentro de un set de colores intensos diseñado por Benôit Debiesu, su director de fotografía de cabecera. Durante el rodaje, a cada uno de los no-actores se le dio permiso de improvisar. Y hay que reconocer la habilidad del autor para mantener ese nivel de tensión mientras crea el caos, propio de un estado alterado similar al shamánico o, más bien, de una posesión diábólica. Los gritos, la música, la muerte son parte de un ambiente que aturde los sentidos. Uno del que al mismo tiempo se quiere huir y se quiere quedar para ver qué tanto se maltratan estos personajes. No les preocupe si al salir del cine, entre la música –mezla precisa de electrónica y éxitos pop–, la vueltas de la cámara y el efecto estroboscópico de los colores, padezcan un malestar físico. Es muy posible que también lo experimenten. 

Se dice que el director apenas tenía tiempo y dinero para entregar esta película. La realizó en un tiempo récord de dos semanas donde la regla era filmar cronológicamente, con las escenas lo más largas posible y en un sólo set. Al fin su experimento funciona: muestra las contradicciones de los verdaderos artistas, quienes son sublimes pero inseguros, sumamente sensibles al éxito, al rechazo y al talento ajeno. Es también el reflejo de una sociedad sexista, racista, perversa y xenófoba, quien dice celebrar las diferencias –como las que componen a su propia compañía–, pero en realidad luchan por su propio beneficio, su propia forma de autodestrucción. Y al mismo tiempo, los demonios sólo se apasiguan  cuando el arte se está ejecutando, no antes, no después. Se necesitan pero se odian: Es la muestra del colapso de una sociedad. De la sociedad. 

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