Sonora
Críticas
4,0
Muy buena
Sonora

'Sonora' es una metáfora sumamente rica, pero dolorosamente actual

por Carlos Gómez Iniesta

¡Larga fue la espera por Alejandro Springall! Ocho años tuvieron que pasar para que volviera a firmar una película con su nombre. Sonora, su cuarto largo de ficción, es un proyecto cuyo guión estuvo listo allá por 2016, que se presentó fuera de competencia del Festival Internacional de Cine de Morelia con otro corte y que finalmente tiene su estreno comercial escalonado a nivel nacional. Puede que haya pasado tanto tiempo desde el remake de No eres tú soy yo que quizá ya no se recuerde un par de hechos clave: Fue él quien le dio el primer protagónico a Eugenio Derbéz y también fue la cinta mexicana más vista en el 2010 (de hecho casi casi queda en el top general de aquel año). No es exagerado decir que fue este éxito el que cimentó el camino para las comedias románticas en nuestro país. Antes de que el top 10 estuviera retacado de este género, esta fue la única en el conteo durante casi un lustro. 

Por eso hay que aplaudir que Springall no tomara el camino fácil repitiéndose en el género que reina en la taquilla actual. Sonora es una drama historico, ambientado en 1931, durante los penosos tiempos de la expulsión de los habitantes chinos por parte del estado. El contexto nacional ocasionará que se forme un inusual grupo de personas de diferentes extractos sociales que intentarán manejar desde Sonora hasta Baja California, cruzando el desierto. Cada uno tiene sus motivos –unos más plausibles que otros–, pero sera la tortuosa travesía sacará a la luz los verdaderos problemas, complejos e inseguridades de cada uno de los pasajeros. El cine hollywoodense nos tiene acostumbrados a sentir compasión por lo que provocó la Gran Depresión en su pueblo, pero es momento de desempolvar desde nuestra visión las consecuencias de estar anclados a ellos.

Tráiler de 'Sonora'

 


Técnicamente es una proeza filmar una road movie durante siete semanas en el desierto, soportando más 40 grados de temperatura, rafagas de polvo en la cámara y en temporada de aparamiento de víboras –real–. Los efectos especiales, donde destacan las tormentas de arena; la estupenda fotografía de Serguei Saldívar que retrató la virginidad de la reserva de El Pinacate –se disfruta en particular los birds eye que muestran lo diminuto del auto comparado con la grandeza del desierto; y la correcta dirección de arte de Carlos Lagunas (Mentada de padre); Bien, pues todo ese escenario no hubiera servido de nada si no nos importara el destino de estos personajes. Gran fortuna fue armar este poderoso elenco. Desde la valentía de Juan Manuel Bernal para interpretar un personaje despreciable como únicamente él los hace, hasta la transformación como indígena tohono oha de Joaquín Cosío (no más Cochilocos para él, por favor). La emotiva vuelta de Dolores Heredia con el director de Santitos y el tiempo para el amor de Harold Torres. La correcta inclusión de actores internacionales como el hongkonés Jason Tobin (¡qué curioso que sea reconocido por Rapidos y furiosos 3 y que aquí ningún coche le funcione!). Pero todos los honores son para Giovanna Zacarías quien lleva el volante de la historia con aplomo y decisión, sin ella, literalmente, este coche no avanza. Ya le hacía falta un protagónico de este calibre. El ensamble es el verdadero corazón de una cinta que a pesar de la vastedad del terreno que presenta, se la ingenia para lograr efectivos momentos dramáticos desde la intimidad de una cabina de no más de dos metros. De hecho, reclamo el abrupto final del filme que concentra el impacto en un solo personaje: los demás también tenían motivos para dar un gran remate. 

El guión, coescrito entre el director y el cineasta neoyorquino John Sayles (productiva mancuerna que ha funcionado en media docena de películas), está basado en el libro La ruta de los caídos de Guillermo Munro, publicado en 2012. Sin embargo, pareciera haber sido escrito en los últimos tres años cuando las migraciones han sido cada vez más castigadas, las fronteras se cierran, se cree ciegamente en la supremacia racial y se desconfía desproporcionadamente del otro. Con Bertha Navarro , Edher Campos y Luis Salinas (La jaula de oro) entre los productores, Springall presenta una cinta convencional en los mejores términos de la palabra, con una técnica que muestra su obsesión a cuadro y una historia de engañosa simplicidad. El recorrido de ese Chrysler 1929 podría ser el símil de una comunidad, un país o incluso un planeta entero que tiene que soportar una carga más grande de lo que puede aguantar. Chinos, gringos, mexicanos, criminales, indígenas, viejos, jóvenes, todos tendremos que desvanecer nuestras diferencias si aspiramos a sobrevivir. Es por eso que la metáfora de Sonora es sumamente rica y dolorosamente actual. Esperemos de ella varias nominaciones en la próxima entrega del Ariel. 

Los choques culturales es un tema recurrente en el cine de Alejandro Springall.



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