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    Men
    Críticas
    4,0
    Muy buena
    Men

    Una película tan fascinante como aterradora

    por Rubén Peralta Rigaud

    "Es un pueblo tranquilo y encantador en un hermoso campo" es como se describe el entorno rural británico de Men, y si ese no es el escenario de una película de terror, creo que no han puesto mucha atención. La noción de un protagonista que viaja a un pueblo tan tranquilo para recuperarse de una tragedia también es un estándar de las películas de miedo, pero la forma en que Men se basa en esa premisa es cualquier cosa menos convencional. Este también es un territorio diferente para el escritor/director Alex Garland, cuyo trabajo de género anterior, desde el guion de 28 dias después hasta sus turnos anteriores al frente con Ex machina y Aniquilación, han tratado temas de ciencia ficción. Men comienza como horror paranoico, gradualmente se convierte en horror popular y finalmente se desliza hacia la definición misma de horror corporal, y lanza un hechizo incómodo y desconcertante en todo momento.


    Golpeada por una tragedia personal, Harper (Jessie Buckley) se aísla sola en la Inglaterra rural con la esperanza de curar su dolor allí. Sin embargo, es acosada por alguien, o algo, escondido en el bosque. Lo que comenzó como un simple susto pronto se convierte en una insidiosa pesadilla, alimentada por sus oscuros recuerdos y un miedo incontrolable. 

     

    Harper ha llegado para quedarse en un lugar donde la población masculina representa todo el espectro del mal que hacen los hombres, desde la violencia física hasta la manipulación emocional. Hay un menú repleto de gaslighting y avergonzar a Harper, que se vincula con los flashbacks que vemos de la relación altamente problemática entre ella y su esposo James (Paapa Essiedu). Sin embargo, Men no es un tratado simple o simplista: Garland deja mucho al juicio de la audiencia y plantea preguntas para que las respondamos en función de nuestras propias experiencias.


    Men es una película que hace honor a su nombre, ya que está poblada por muchos más hombres que mujeres. Primero tenemos a Geoffrey, dueño de una casa de campo que cuestiona a Harper sobre su estado civil con un dejo de misoginia, el pastor con quien Harper tiene una conversación que se vuelve amarga y se atreve a tocarla sin su consentimiento, un niño que quiere jugar a las escondidas con ella, el cantinero y los dos clientes de su bar. El más peligroso es un hombre desnudo que Harper conoce mientras camina por el bosque y comienza a acosarla. ¿Qué quiere él de ella? La policía no la ayuda. Lo interesante es que todos estos hombres son interpretados por el mismo actor, Rory Kinnear, quien con la ayuda de dientes postizos, pelucas, CGI (para el niño), disfraces, cambia fácilmente de un personaje a otro. 


    El director de fotografía Rob Hardy es un colaborador frecuente de Alex Garland y aquí hace un trabajo ejemplar. Las escenas del pasado se presentan con un tinte naranja para presagiar un incidente horrible que marcará la vida de Harper para siempre. La casa de campo ofrece un contraste a estos escenarios, es un vasto y tranquilo lugar de descanso rodeado de un frondoso bosque. Además de la misoginia que enfrenta Harper, no hay muchas imágenes aterradoras que estén a la altura de lo horrible de ese acto. Inicialmente, nos mantenemos anclados en la realidad. La banda sonora que acompaña las escenas de Ben Salisbury y Geoff Barrow es efectiva.


    Es durante la última parte de la película que todo explota. El suspenso es inquietante, la casa que ofrecía una apariencia de seguridad ya no lo es y se vuelve claustrofóbica. El clímax presenta la cosa más extraña y aterradora que veras en mucho tiempo. No podrás dejar de ver lo que ocurre, se te olvidara respirar, y claro, al final tendrás tu propia lectura. Ojala y quieras descubrirlo. 


    Con cierto peso, el título por sí solo destaca el riesgo asumido con el proyecto. Parte de ese riesgo no paga del todo. La película presenta poderosas actuaciones de Jessie Buckley y Rory Kinnear, increíbles elementos de terror corporal y una cinematografía magnífica. Desafortunadamente, mientras Men comienza fuerte, la naturaleza abstracta de su tercer acto puede alienar y confundir dependiendo del espectador. El tercer acto es lo que hará o romperá la película para la gente.


    Garland ha sido abierto sobre cómo Men está diseñado para permitir que el espectador proyecte lo que sucede en la pantalla. Es una cruzada ambiciosa y arriesgada. Para que este enfoque funcione, debe haber una especie de equilibrio, hay que construir una relación con el espectador. El diálogo debe ser natural aquí hasta en el más mínimo detalle. Lo anterior crea una conexión sutil necesaria para meterse debajo de la piel. En el caso de Men, también se vuelve fundamental para crear esa suspensión de incredulidad necesaria para elementos posteriores. Especialmente si la transición tonal del segundo acto al final es inestable en la ejecución.


    Tampoco permite que el lado sociopolítico del material abrume su otro objetivo (muy logrado aquí) de hacer una película de terror terriblemente espeluznante. Garland mantiene un control perfecto de la atmósfera y aumenta lentamente la tensión, arrojando detalles inquietantes en la situación de Harper para que se sienta natural cuando el paganismo comienza a infiltrarse en el escenario previamente basado en la realidad. Hace un uso muy efectivo, tanto concreto como simbólico, de las figuras mitológicas masculinas y femeninas complementarias de The Green Man y Sheela-na-gig, y durante el acto final notablemente bien sostenido y escalofriante, Garland saca a relucir el horror corporal visceral y en toda regla. Incluso mientras nos hace jadear, los detalles espeluznantes aquí también están bien pensados a nivel conceptual: una mordaza espantosa clave se conecta visualmente con la fuente del trauma del mundo real de Harper.


    Buckley, quien impresionó por primera vez en el thriller psicológico Beast de 2018, se muestra conmovedora y comprensiva mientras Harper se abre camino a través de una pesadilla viviente en la que no se puede confiar en ninguna persona y, en última instancia, tampoco del mundo mismo. Esto último se debe a la rica y siniestra cinematografía de Rob Hardy y el diseño de producción de Mark Digby, que nos lleva al punto en que cada ventana detrás de Harper sugiere una amenaza que acecha.


    La partitura de Geoff Barrow y Ben Salisbury utiliza frecuentes voces sin palabras para lograr un efecto cada vez más espeluznante, y se debe un gran reconocimiento a la diseñadora de maquillaje Nicole Stafford por las diversas formas de Kinnear y las sorprendentes creaciones del diseñador de prótesis Tristan Versluis. Los esfuerzos concertados de todos estos hombres y mujeres han dado como resultado una película que es tan fascinante como aterradora.

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