Hoy, la escena de la cueva sigue siendo la joya que el cine moderno mira con respeto porque hay una precisión visual dificilísima de repetir.
Macario no solo es una película clásica: es una de esas imágenes que México parece guardar en la memoria aunque alguien no la haya visto completa. El campesino con hambre, el guajolote para cenar, la aparición de Dios, el Diablo y la Muerte y la pobreza convertida en un cuento moral. Todo tiene una pizca de fábula y de leyenda contada antes de irse a dormir.
La cinta de Roberto Gavaldón, estrenada en 1960, llegó en un momento donde el cine mexicano todavía sabía mirar a los rostros, los paisajes y las sombras. Ignacio López Tarso interpretó a Macario, un hombre pobre que solo quería comerse un guajolote entero, pero termina haciendo un pacto con la Muerte. La película fue presentada en Cannes y se convirtió en la primera producción mexicana nominada al Oscar a Mejor Película en Lengua Extranjera.
La cueva de las velas que ningún efecto digital ha podido igualar
La escena más recordada llega cuando Macario entra a la cueva donde la Muerte le muestra miles de velas encendidas. Cada una representa una vida humana. Algunas arden con fuerza, otras apenas resisten, y la suya está reducida. La imagen lo dice todo con fuego, sombra y silencio.
Ahí aparece la mano de Gabriel Figueroa, uno de los cinefotógrafos más importantes en la historia del cine mexicano. La escena fue filmada en las Grutas de Cacahuamilpa, en Guerrero, y para lograrlo, usaron centenares de veladoras. Fue una visión de la muerte construida con elementos rituales.
La anécdota más repetida sobre la secuencia habla de un trabajo artesanal con luz natural, reflejos y espejos para multiplicar el resplandor sin depender de la iluminación eléctrica que hoy se usaría en la escena. Más allá del detalle técnico, el resultado sigue siendo impresionante: la cueva no parece alumbrada, parece habitada por almas.
Gabriel Figueroa filmó la muerte como si fuera una presencia mexicana
Figueroa no necesitaba mostrar a la Muerte como un monstruo. En Macario, interpretada por Enrique Lucero, aparece más bien como una figura serena, seca y campesina. Y cuando lleva a Macario a la cueva, el mundo deja de sentirse como siempre y entra en una zona donde la vida se mide en pequeñas llamas.
La fotografía en blanco y negro hace que las velas no se vean simplemente bonitas. Se sienten frágiles. El brillo recorre las paredes de piedra, dibuja el rostro de Ignacio López Tarso y convierte cada sombra en una amenaza. Figueroa había construido buena parte de su prestigio con cielos inmensos, nubes dramáticas, rostros de campesinos y paisajes monumentales, pero aquí hizo lo contrario. Encerró todo en una cueva y consiguió que pareciera infinita.
La primera nominación al Oscar para México nació de una imagen imposible
La importancia de Macario va mucho más allá de esa escena. La película adapta una historia de B. Traven y la traslada a un México virreinal atravesado por hambre, fe, culpa y superstición. También se volvió una película asociada al Día de Muertos porque entiende la muerte como compañía, amenaza y destino.
Su nominación al Oscar abrió una puerta simbólica para el cine mexicano. No ganó, pero puso a México en una conversación internacional que pocas producciones nacionales habían alcanzado con tanta fuerza. Cannes ya la había recibido en competencia, y la Academia de Hollywood terminó reconociéndola como una de las películas extranjeras más importantes de su año.