Las Grutas de Cacahuamilpa ya eran impresionantes antes de 'Macario', pero la cinta les dio otra capa simbólica.
Macario es una de las grandes joyas del cine de oro mexicano. Protagonizada por Ignacio López Tarso y dirigida por Roberto Gavaldón, tuvo su estreno mundial en mayo de 1960 dentro de la competencia principal de la 13a edición del Festival de Cannes, un escaparate enorme para una película mexicana cargada de hambre, muerte, fe, miseria y una belleza visual que todavía impone.
También fue la primera película mexicana nominada al Oscar como mejor película en lengua extranjera. No es poca cosa. En apenas 90 minutos, Macario convirtió la víspera de Día de Muertos en una historia casi mítica sobre un leñador pobre que sólo desea comerse un guajolote entero antes de morir. Luego aparece la Muerte, y el cine mexicano entra en una de sus escenas más inolvidables.
La gruta donde cada vela era una vida humana
La locación es Las Grutas de Cacahuamilpa, en Guerrero, uno de los sistemas de cavernas más impresionantes de México. Ahí se montó la famosa escena donde la Muerte lleva a Macario a un espacio subterráneo lleno de velas. Cada llama representa una vida humana: algunas arden con fuerza, otras tiemblan, otras están a punto de apagarse. La de Macario, por supuesto, casi no tiene cera.
La imagen es perturbadora porque no necesita grandes efectos. Ignacio López Tarso camina entre miles de luces pequeñas mientras Enrique Lucero, vestido como la Muerte, le explica que nadie escapa de su destino. La cueva parece infinita, como si el mundo entero estuviera guardado bajo tierra en forma de flamas frágiles. Es una escena sencilla pero de una potencia visual brutal.
El reto de filmar con fuego en una caverna real
La escena de las velas no solo era bonita: era un problema técnico enorme. Una gruta no se ilumina como un foro de cine. La luz natural no llega, el espacio absorbe sombras, el piso no está hecho para mover equipo pesado y cualquier fuente de fuego real implica calor, humo y paciencia. Cada vela tenía que verse como parte de un universo simbólico, no como simple decoración.
Las flamas no parecen añadidas ni acomodadas al azar. Parecían parte de la gruta, vibrando, creando profundidad y multiplicándose en la oscuridad. Figueroa y Gavaldón construyeron una imagen que parece salida de una pesadilla mexicana: el inframundo no como un lugar lleno de monstruos, sino como una caverna silenciosa donde las vidas se consumen una por una.
Así lucen hoy las Grutas de Cacahuamilpa
Hoy, Las Grutas de Cacahuamilpa ya no se recorren con la misma oscuridad amenazante que aparece en Macario. El parque funciona como una experiencia ecoturística con senderos señalizados, guías locales, servicios para visitantes e iluminación artificial que permite ver las formaciones de piedra El recorrido principal atraviesa kilómetros de cavernas y salones donde las estalactitas y estalagmitas forman figuras diversas.
La experiencia actual es mucho más amable, aunque no pierde esa sensación de entrar a un lugar fuera del tiempo. Ya no hay miles de velas representando almas humanas, pero el efecto sigue teniendo algo cinematográfico. Basta caminar unos minutos bajo la bóveda de piedra para entender por qué el equipo de Macario eligió ese lugar para hablar de la muerte.
Más de seis décadas después, la escena conserva su poder porque se siente hecha con algo que el cine actual a veces extraña: presencia real. Piedras reales, fuego real, oscuridad real y un actor mirando la muerte de frente. Ignacio López Tarso no engañó a la muerte para siempre, pero en esa gruta de Guerrero logró algo parecido: dejar una imagen inmortal.