El impacto de Los Juegos del Hambre fue imposible de ignorar. No solo convirtió a la saga en uno de los fenómenos juveniles más grandes de la historia reciente, también catapultó a Jennifer Lawrence al estrellato mundial y redefinió el cine distópico para toda una generación. De pronto, todos querían historias de supervivencia, gobiernos autoritarios y jóvenes obligados a matarse entre sí para entretener a las masas.
El legado sigue vivo. La franquicia no ha soltado a su público y ya se prepara el estreno de Los Juegos del Hambre: Amanecer en la cosecha, volviendo a encender la conversación alrededor de Panem, Katniss y los Juegos. Pero en medio de ese entusiasmo, hay una pregunta incómoda que siempre regresa: ¿realmente esta historia fue tan original como creímos?
Antes de arcos románticos y discursos heroicos, existió una película que no tenía ningún interés en suavizar su mensaje. La premisa era tan perturbadora como efectiva: adolescentes obligados por el Estado a matarse entre sí. Y aunque en su momento muchos intentaron minimizar las comparaciones, las similitudes con Los Juegos del Hambre son demasiado profundas para ignorarlas.
Cuando la violencia no tenía freno
La cinta en cuestión es Battle Royale, una obra de culto japonesa ultra violenta que hoy puede verse en streaming en México gracias a MUBI. Con el paso de los años, la cinta de origen japonés ha sido reconocida como la inspiración más evidente del fenómeno que vendría después.
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Ambientada en un Japón al borde del colapso social, la historia plantea un escenario desolador: desempleo masivo, violencia escolar descontrolada y una juventud considerada ingobernable. La respuesta del gobierno es extrema. Cada año, una clase es elegida al azar y enviada a una isla abandonada para participar en el programa "Battle Royale": un juego de supervivencia donde solo uno puede salir con vida.
Las similitudes que nadie puede negar
No se trata solo de "jóvenes peleando". Las coincidencias van mucho más allá: un gobierno fascista y distópico obliga a niños a competir en un combate a muerte. Las armas se asignan al azar y el terreno se reduce progresivamente mediante zonas prohibidas. Hay protagonistas masculino y femenino, un triángulo amoroso, y hasta un antiguo ganador que funge como mentor.
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Esencialmente es la misma estructura narrativa. Incluso si Suzanne Collins jamás hubiera visto Battle Royale, algo difícil de creer, resulta casi imposible pensar que sus editores o publicadores no conocieran una obra tan influyente. Las historias son demasiado similares para que sea coincidencia. Y aunque existen antecedentes como The Running Man, aquí el paralelismo es mucho más profundo y específico.
La diferencia clave: el tono
Donde Los Juegos del Hambre se suaviza, Battle Royale hace todo lo contrario. Lejos de Hollywood buscando equilibrio entre romance, acción y mensaje político, el cine japonés se lanza sin miedo. La violencia no es simbólica: es física, incómoda y devastadora.
Eso es precisamente lo que convirtió a Battle Royale en una película de culto. No intenta ser agradable ni busca aprobación. Solo plantea una pregunta brutal: ¿qué pasaría si el Estado cruzara ese límite?
Más de dos décadas después, Battle Royale sigue siendo difícil de ver. No porque haya envejecido mal, sino porque sigue siendo igual de perturbadora. Su crítica social, su crudeza y su falta total de concesiones la mantienen vigente. Y al revisitarla hoy, después del éxito global de Los Juegos del Hambre, las conexiones se vuelven todavía más evidentes.