Hoy es imposible pensar en el cine de acción sin mencionar a Jason Statham. El tipo que puede conducir a 200 km/h, pelear contra diez rivales sin despeinarse y luego enfrentarse a un tiburón prehistórico como si fuera un lunes cualquiera. Desde El transportador hasta la saga de Rápidos y furiosos, pasando por el caos acuático de Megalodón, Statham se convirtió en sinónimo de acción física, directa y sin demasiadas palabras.
Pero lo curioso es que su ascenso no fue casualidad. Fue estrategia y todo empezó con una experiencia incómoda en un set de ciencia ficción.
El rodaje que lo cambió todo
A finales de los 90, Bruce Willis ya era una estrella consolidada gracias a Duro de matar y otros éxitos. Cuando protagonizó El quinto elemento, el proyecto prometía ser un despliegue futurista ambicioso bajo la dirección de Luc Besson. La película terminó siendo un clásico de culto pero detrás de cámaras, el proceso no fue tan fluido.
Gaumont
Según contó el guionista Robert Mark Kamen, no hubo escándalos explosivos ni peleas públicas. El problema fue más sutil: un choque de ritmos. Besson trabajaba con una velocidad intensa, casi militar, mientras que Willis, acostumbrado a otra dinámica, no encajaba del todo con ese método. El resultado fue frustración creativa.
"Tenemos que crear nuestras propias estrellas"
Tras terminar el proyecto, Luc Besson fue claro con su equipo: no quería depender de grandes figuras que no compartieran su forma de trabajar. Quería moldear a su propio héroe de acción y alguien que se adaptara al ritmo que él exigía.
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Y ahí apareció la oportunidad: Jason Statham, cuyo nombre era todavía un nombre gigante. Venía de papeles más discretos, incluyendo su participación en Snatch, donde demostró carisma y presencia física.
Dos años después, protagonizó El transportador. La película no solo funcionó, sino que construyó una marca con un protagonista frío, eficiente y casi minimalista. Ahí había nacido una nueva estrella.
Un héroe diseñado a medida
A diferencia de las figuras clásicas del cine de acción, Statham no fue el resultado de décadas de franquicias previas. Fue una apuesta calculada.
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Besson y su equipo entendieron que el público estaba listo para un nuevo tipo de héroe: menos discurso, más precisión. Más coreografía física y menos diálogos.
Y Statham encajaba perfecto. No solo siguió ese camino. Lo amplió y se convirtió en pieza clave de sagas multimillonarias y en rostro confiable para cualquier película que necesitara adrenalina garantizada.
Lo irónico es que todo comenzó con un rodaje complicado. Una diferencia de estilos. Una incomodidad creativa. Pero en lugar de resignarse, el equipo detrás de El quinto elemento decidió cambiar las reglas del juego. No buscar otra estrella, sino crearla.