Ya que la ciencia ficción nos ha dado historias icónicas, pero también ha retratado el ocaso de la humanidad, aquí exploraremos el por qué de esta razón.
El mundo se acaba día con día, y con ello se acerca nuestro final. ¿Pero qué no es la muerte la parte más fascinante de la vida?, ¿no es ella lo único que tenemos asegurado? Una de las escenas más famosas de la ciencia ficción -y que mejor ejemplifica la ambición y el deseo por la vida y la libertad-, es sin duda alguna la que aparece al final de Blade Runner, en la adaptación de Ridley Scott a novela de Philip K. Dick, ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?, en la que vemos a Roy Batty (Rutger Hauer), el líder de los replicantes, morir tras salvar a Deckard (Harrison Ford) en un acto de bondad y compasión.
Aunque la trama es distinta a la del libro, el monólogo de "he visto cosas que ustedes no creerían... Barcos de ataque en llamas cerca del hombro de Orión... Vi brillar los rayos C en la oscuridad cerca de la Puerta de Tannhäuser. Todos esos momentos se perderán en el tiempo, como lágrimas en la lluvia. Hora de morir", siguen resonando con fuerza entre los amantes del género por la alegoría que hacen a lo efímero que resulta nuestra existencia. ¿Pero por qué la ciencia ficción tiende a los finales contemplativos y dramáticos, en lugar de a un futuro feliz?
La distopia en la ciencia ficción: ¿acaso ya no soñamos con maravillas?
En cintas como 2001: Una odisea del espacio o La Llegada, pese a todo intento y pronóstico de comprensión y control para evadir al destino, la vida sigue su curso luego de hacer pasar a nuestros protagonistas por sucesos insólitos e inexplicables, que dan lugar a una resiliente condición en la que el dolor y la frustración pierden la batalla.
Y aunque títulos como El quinto elemento, Robot Salvaje, Matrix o Cloud Atlas nos demuestran que las cosas están conectadas por un propósito mayor, y que irónicamente luego de comprenderlo, esa misma unión es la que nos dará la fortaleza para seguir-, títulos como Ex Machina y El Origen nos son mucho más cercanos al explorar los horizontes de la fatalidad.
Ahora, ya que paralelamente a la industria tradicional del cine gracias al boom del streaming y las redes sociales son millones de personas quienes retoman frases, personajes, tramas, secuencias e historias del séptimo arte para reinterpretarlas; resulta interesante que mientras en los reels virales de Instagram aparecen ediciones con fragmentos y referencias a películas de la sci-fi -como el discurso Obi Wan Kenobi incitándonos a no perder la fe-, en las grandes corporaciones fílmicas cada vez triunfan más las tramas que nos la quitan.
Porque si lo pensamos bien, desde hace mucho tiempo la ciencia ficción abandonó la alegría mediática y optimismo de cintas como Stargate o El gigante de Hierro, para entregarse de lleno a un destino atroz destino -pero únicamente para los seres humanos-, como lo hace Soy Leyenda o Guerra mundial Z, y lo representa a la perfección el discurso final de La guerra de los mundos.
Pero insistimos, ¿por qué sucede esto? Pues en primer lugar porque tenemos una condición humana que ya ha sido retomada por expertos (como como Nietzsche, Camus, Sartre, y más recientemente Byung-Chul Han o Jean Delumeau), en la que es precisamente el miedo a lo desconocido, la insatisfacción con lo que nos rodea, y la ambición por descubrir cada vez más, lo que nos conduce, casi siempre, a nuestra propia condena.
Durante gran parte del siglo XX, las películas de ciencia ficción funcionaron como proyecciones de utopía porque nos reflejaban una confianza profunda en el progreso científico, la tecnología y la razón humana. Filmes como Star Trek nos mostraban un futuro donde la humanidad había superado sus conflictos internos para explorar el universo de forma cooperativa, Volver al Futuro, La vuelta al mundo en 80 días o Viaje al centro de la Tierra repitieron la fórmula y aunque de manera ambigua, nos presentaron una tecnología revolucionaria que no solo nos hacía superiores en muchos ámbitos, sino que nos mantenía esperanzados por el mañana.
Pero "el mañana" nunca llegó...
Sin embargo, ese optimismo respondía a un contexto histórico específico, ya que tras la Segunda Guerra Mundial -y durante la carrera espacial y tecnológica de la Guerra Fría-, la ciencia nos permitió soñar, anhelar esos utópicos mundos hasta que películas como Planeta prohibido o El día que la Tierra se detuvo fueron recordadas para advertirnos sobre el uso irresponsable del poder, marcando una importante división en la idea de que la humanidad podía corregirse y avanzar hacia un orden más justo y racional.
Para finales del siglo XX este imaginario terminó por fracturarse, y fue entonces cuando Blade Runner marcó un punto de quiebre al mostrar un futuro tecnológicamente avanzado pero socialmente decadente, desigual y con un pésimo sentido moral. Además la tecnología ya no aparecía como solución, sino como parte del problema de la deshumanización, explotación y pérdida de identidad, siendo también una respuesta para su control.
Finalmente (y conociendo ya nuestra tendencia a la fatalidad) para la primera década del 2000, películas como Children of Men nos mostraban en la ficción lo que muchas personas ya habían pensado para sus vidas: un mundo con menos niños, una sociedad sin hijos y -por ende- una disminución en ese rango poblacional. The Road (El último camino) retrató la extinción moral tras el temido colapso ambiental. En Elysium expuso una desigualdad extrema amplificada por la tecnología, y Mad Max: Fury Road mostró un mundo en caos muy similar al que la ciencia ha predicho desde hace décadas en la carencia de recursos -principalemente el agua-.
En sus tramas, Ex Machina, Her o Black Mirror llevaron el horror, la tristeza y lo distópico a lugares íntimos y personales -como en los que nos encontramos cuando nos quebramos frente a las redes sociales por las madrugadas-, enfatizando en los vacíos emocionales, éticos y políticos, así como en la decadencia que cobija las viejas costumbres -agresivas, opresivas y violentas- que vemos día a día en la sociedad.
Dentro de estas tramas, la tecnología ya no promete salvación, sino que es puesta a nuestra par e incluso exige ser respetada, escuchada y sostenida, sumándose así al desastre de nuestra existencia más que salvándonos la vida.
Así, la transición de la utopía a la distopía más que ser u obedecer a un giro estético, refleja un síntoma cultural que expone -de manera cruda- escenarios de advertencia que nos confrontan sobre si verdaderamente estamos listos para transformar la realidad.