Después de verla, quizá los demonios del cine sigan dando miedo. Pero las corporaciones con departamentos legales infinitos, laboratorios impecables y secretos enterrados en agua contaminada se sentirán aún peor.
Una cosa es que te digan que El conjuro, El exorcismo de Emily Rose o An American Haunting están basadas en hechos reales. Ahí el miedo viene con una promesa de algo que quizá ocurrió, como una posesión, una presencia o una familia que no podía vivir tranquila. La frase "basada en hechos reales" funciona porque nos hace mirar lo sobrenatural con una duda incómoda.
Pero hay otra clase de película basada en hechos reales que no necesita demonios, objetos malditos ni sombras detrás de una puerta. Su miedo viene de algo más cercano y más difícil de sacudirse: una corporación, un expediente, una comunidad enferma, agua contaminada y un abogado que empieza a entender que el monstruo no vive en el sótano. El terror vive en oficinas limpias, juntas llenas de legalidad y documentos que alguien preferiría mantener enterrados.
Una realidad que nadie quisiera vivir
La cinta es El precio de la verdad, dirigida por Todd Haynes y protagonizada por Mark Ruffalo, Anne Hathaway y Tim Robbins. En México, este drama de intriga basado en una historia real puede verse en Prime Video en modalidad de renta o compra.
La historia sigue a Robert Bilott, un abogado corporativo que trabajaba defendiendo a empresas químicas y que termina del otro lado cuando un granjero de Virginia Occidental le pide ayuda. Sus animales están muriendo, su tierra parece contaminada y nadie quiere escucharlo. Bilott empieza a investigar y encuentra un caso mucho más grande de lo que imaginaba: una red de contaminación ligada a DuPont y a los llamados PFAS, sustancias químicas asociadas a productos de uso cotidiano.
Una historia real que sí da miedo
La película se basa en el trabajo real de Robert Bilott contra DuPont, un caso que terminó revelando contaminación por una sustancia usada durante años en procesos vinculados a productos antiadherentes como el teflón. La revista TIME reportó que Bilott pasó de ser abogado de empresas químicas a enfrentar a una de las más poderosas, y que el litigio derivó en un acuerdo de 671 millones de dólares en 2017 para más de 3 mil 500 demandantes afectados por enfermedades relacionadas con esa contaminación.
Lo más perturbador es que la historia no se siente lejana. No ocurre en un castillo gótico ni en un pueblo inventado para asustar. Ocurre en granjas, cocinas, consultorios, oficinas y casas donde el agua sale de la llave como cualquier otro lugar.
Todd Haynes no filma una denuncia cualquiera
Todd Haynes venía de un cine muy asociado a los melodramas, las identidades fracturadas y los mundos emocionalmente reprimidos. En El precio de la verdad cambia de registro sin perder sensibilidad. Su mirada no convierte el caso en un thriller llamativo ni en una película de abogados con grandes aplausos al final de cada escena. Prefiere la incomodidad acumulada donde el miedo crece con más pruebas, más enfermos y más resistencia.
Ruffalo, además de protagonizar, también produjo la película, y eso se nota en el interés por no tratar la historia como entretenimiento puro. La cinta tiene un ritmo de investigación, pero también de carga moral. No hay alivio fácil porque el daño ya ocurrió y porque, incluso cuando se gana algo, la contaminación no desaparece mágicamente de la sangre, del agua ni de la memoria.
El precio de la verdad no es una película cómoda para ver antes de dormir, aunque no tenga espíritus golpeando paredes. Su terror es más silencioso y más adulto: el de descubrir que a veces la verdad existe, está documentada y aun así puede tardar décadas en salir a la luz.