Algunas películas tienen escenas que se recuerdan por una frase, una mirada o un disparo. Otras se quedan en la memoria por una música que entra justo en el momento exacto y cambia por completo lo que estamos viendo. Tiburón convirtió dos notas en amenaza pura, Star Wars hizo que una fanfarria sonara a galaxia entera y Cinema Paradiso volvió la nostalgia casi imposible de aguantar con apenas unos compases.
El western también tiene sus propios himnos. Los duelos, los silencios, el polvo y las miradas bajo el sombrero no serían lo mismo sin esas melodías que parecen venir de un lugar más grande que la propia historia. Sergio Leone entendía eso como pocos. En sus películas, la música no acompañaba la acción: la empujaba, la abría y muchas veces decía lo que los personajes jamás se atrevían a poner en palabras.
Ennio Morricone compuso una joya eterna para el western
La pieza es el "Tema de Jill", una de las composiciones más bellas de Ennio Morricone para Érase una vez en el Oeste. La película se estrenó en 1968, así que han pasado 58 años desde que esa melodía empezó a acompañar a millones de espectadores. Y aunque muchos la llamen "canción", en realidad se trata de un tema instrumental.
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La escena que la hizo inmortal pertenece a Claudia Cardinale. Su personaje, Jill McBain, llega en tren a un pueblo del Viejo Oeste y avanza sola por la estación, con incertidumbre y dignidad. Ella mira alrededor, guarda sus cosas, cruza el andén y, de pronto, la cámara de Leone se eleva mientras la música de Morricone empieza a crecer como si el paisaje completo se abriera frente a ella.
Leone y Morricone trabajaban como si la música fuera guion
La relación entre Sergio Leone y Ennio Morricone fue una de las más importantes del cine. Se conocían desde niños y terminaron construyendo juntos una forma muy particular de entender el western. Leone filmaba rostros, manos, ojos, paisajes vacíos y silencios. Morricone llenaba esos espacios con guitarras, silbidos, coros, armónicas y orquestas.
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En Érase una vez en el Oeste, la música no llegó al final, como suele pasar en muchas producciones. Leone le pedía a Morricone componer antes del rodaje, para que las escenas pudieran respirar al ritmo de la partitura. Los actores, la cámara y el montaje se movían con una conciencia musical muy precisa, casi como si la película ya estuviera escuchándose antes de filmarse.
El propio Leone llegó a decir que sus películas podían sentirse casi mudas, porque los diálogos ocupaban poco espacio frente a la imagen y la música. Su cine confiaba en el peso de una mirada, en una pausa larga y en una nota sostenida. Morricone entendía ese idioma perfectamente.
Ennio Morricone compuso cientos de bandas sonoras memorables, desde El bueno, el malo y el feo hasta La misión, Los intocables y Cinema Paradiso. Su nombre está ligado al western, claro, pero su obra va mucho más allá de un solo género. "El Tema de Jill" pertenece a esa parte de su legado que sigue creciendo con los años.