Moana se convirtió en una de esas películas de Disney que no necesitaron de demasiado tiempo para instalarse en la memoria del público. La historia de una joven que escucha el llamado del océano, se lanza más allá del arrecife y termina enfrentándose a dioses, monstruos y a su propio destino conectó con niños, adultos y con medio mundo que todavía canta sus canciones.
El cariño por la película creció tanto que Disney no tardó en expandir su universo. Primero llegó Moana 2, luego el anuncio del live-action con Catherine Laga'aia como la nueva protagonista y Dwayne Johnson retomando a Maui, porque si alguien iba a volver a ponerse esos tatuajes era solo él. Pero antes de todo eso, antes de la animación de 2016, antes de las canciones de Lin-Manuel Miranda y antes del fenómeno global, ya había existido otra Moana.
La primera 'Moana' no era de Disney
En 1926 se estrenó Moana, una película muda dirigida por Robert Flaherty, el cineasta estadounidense que venía de hacerse famoso con Nanook of the North. A diferencia de la cinta animada que todos conocemos, esta Moana no era una aventura musical ni tenía una heroína navegando para salvar a su pueblo. Era un retrato filmado en Samoa, centrado en un joven llamado Moana y en escenas de la vida cotidiana de una comunidad polinesia.
Paramount Pictures
Flaherty llegó a Samoa con otra idea en la cabeza. Según la historia recuperada por The Guardian, su plan inicial tenía algo de relato con criaturas marinas. Pero al llegar no encontró ese peligro espectacular que imaginaba. Lo que encontró fue una vida isleña mucho más tranquila, y decidió construir su película alrededor de rituales, labores, familia, pesca, comida y paisajes.
El documental que ayudó a inventar la palabra "documental"
Aunque hoy suene raro, Moana fue una de las primeras películas en ser asociadas con el término "documental". El crítico John Grierson usó la expresión "valor documental" al hablar de la cinta, y con eso ayudó a nombrar un género que todavía estaba buscando forma. Nada mal para una película que, en su momento, ni siquiera fue el gran éxito comercial que el estudio esperaba.
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La producción también fue una locura para su época. Flaherty pasó más de un año filmando en Samoa, con un equipo primitivo, clima complicado y condiciones sin la comodidad de un set. Para revelar el material, incluso montó un laboratorio en una cueva de agua dulce. Muy práctico hasta que terminó enfermándose gravemente por beber de ahí.
Con el tiempo, esa Moana quedó como una pieza rara del cine: importante, discutida y no del todo fácil de clasificar. Por un lado, preserva imágenes de prácticas y gestos que algunos habitantes de Samoa todavía valoran como una mirada al pasado. Por otro, también carga con una mirada occidental que idealizaba la vida en la isla y reconstruía costumbres que ya no necesariamente estaban vigentes en los años veinte.