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    Los Cabos 2020: 'Cosas que no hacemos' y la anécdota de Santa Claus que inspiró la película
    Por Iván Romero — 12 nov. 2020 a las 19:58

    El documental mexicano: 'Cosas que no hacemos' explora la inocencia de una pequeña comunidad de Nayarit y a los niños que habitan ahí. Ahora forma parte de la novena edición del Festival Internacional de Cine de Los Cabos.

    La emergencia sanitaria interrumpió el camino del documental mexicano Cosas que no hacemos de Bruno Santamaria Razo, el cual ya había empezado su distribución en diversos festivales de cine internaciones y cabe señalar que en todos con buen recibimiento, pero varios meses y un caos mundial después, la modalidad virtual en la industria del entretenimiento ha hecho que el interés por el relato sobre una pequeña comunidad llamada El Roblito en Nayarit, crezca y ahora forma parte de la selección oficial en competencia del Festival Internacional de Cine de Los Cabos 2020.

    Santamaría tiene una película previa bastante conocida: Margarita, estrenada en 2016; cuatro años después trae su segunda cinta como director y cuenta cómo es que nació Cosas que no hacemos: “Lo primero que ocurrió fue que empecé a escribir memorias, tratando de encontrar el corazón de una historia, para de ahí hallar la emoción con la que pudiera trabajar los siguientes cinco años, que es lo que normalmente uno trabaja en un documental”, expresó el cineasta a SensaCine México.

     

    Dentro de las memorias que Bruno escribió encontró el común denominador: la represión. De ahí nació el título Cosas que no hacemos, pensando principalmente en todo lo que no hizo de pequeño. Partiendo del nombre de la película, la ideas sobre lo que iba a tratar era lo que faltaba por llegar, aunque no tardaron y en un viaje a Sinaloa a una zona de manglares descubrió un lugar muy particular: El Roblito.

    El ambiente y una anécdota acerca de que cada Navidad un Santa Claus aventaba dulces a todos los niños de la comunidad intrigó al cineasta y poco tiempo después volvió para filmar el día de día de los habitantes del poblado, el cual parecía estar formado por puros niños, ya que sus padres no se encontraban todo el día debido al trabajo. El documentalista siempre tuvo claro que quería hablar de la violencia y que no siempre es evidente.

    Algo que quería explorar era cómo estos niños crecían y veían normal todo tipo de actos violentos debido a la condición de la comunidad, pero guardar la identidad por la homofobia, tras amenazas por ser diferente, también formaba parte de los habitantes de El Roblito. Ahí conoció a Dayanara, importante personaje que tiene uno de los momentos más entrañables y relevantes del documental, ya que, aunque había salido del closet con su familia a los 12 años, todavía faltaba declarar que le gustaba vestirse como mujer:

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    “Cuando conocí a Dayanara fue cuando volví al origen y llegué a la historia nuevamente de la represión, de las cosas que no hacemos y de lo que significa guardar un secreto. Todo esto dio origen. No hubo una escritura en papel, todo fue surgiendo mientras íbamos filmando”, confesó el cineasta.

    Fueron ocho viajes a la comunidad por un periodo de un mes cada uno los necesarios para grabar el documental a lo largo de tres años, interactuando, viviendo con los habitantes, confrontando a las personas y al entorno en sí; filmaban mientras convivían. El Roblito es una isla muy alejada de todo y protegida, en palabras de Bruno, pero también cuenta como en épocas de fiestas las confrontaciones eran inevitables y los actos de violencia no se dejaban esperar. Incluso un desafortunado momento como este fue grabado por el cineasta y, aunque sirvió como material para, el evento fue decisivo para ponerle punto final a la grabación:

    El 95% de las cosas que filmamos no estaban planeadas, fueron accidentes que no sabíamos que iban a pasar o cuándo iban a pasar. A mí me interesaba mucho filmar cómo los niños perciben la violencia: con mucha cotidianeidad.

    La gente de la comunidad se encariñó con Bruno y viceversa, pero el siguiente paso tenía que darlo y era terminar la película. Atrás quedaría el universo de El Roblito con niños y niñas corriendo en las calles, riendo, a pesar de que el miedo a crecer se percibía. El viaje número ocho y último para Santamaría es el 78% de la película, aunque el trayecto de Cosas que no hacemos aún no termina y ahora que se proyecte virtualmente en la edición de Los Cabos 9, Bruno confiesa:

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    “Estamos muy emocionados de estar en Los Cabos. Para nosotros es un placer que este dentro de este festival, el cual ha estado cerca de este proyecto desde el principio. Al finalizar la proyección va a ver una sesión de preguntas respuestas y vamos a estar todo el equipo y sería la primera vez que la veremos juntos”.

    Bruno Santamaría Razo ya tiene un título en su cabeza para su siguiente proyecto, un gran augurio porque justo así nació Cosas que no hacemos y el resultado es más que destacable. Será en 2021 cuando espera que este proyecto se materialice. Al final, aunque no tenía nada que demostrar y todo era algo que le resultaba interesante de explorar, su trabajo lo perfila como una voz auténtica en la industria del cine nacional y podemos apostar que seguiremos escuchando de él.

    Cosas que no hacemos
    Cosas que no hacemos
    Fecha de estreno 25 de junio de 2021
    Dirigida por Bruno Santamaría Razo
    Sensacinemx
    3,5

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