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    No se reinventa la rueda del género, pero los fans obtendrán el valor de su dinero

    por Rubén Peralta Rigaud

    Nueva York en los años cincuenta: entre los frentes de una guerra de bandas entre los locales Jets y los Tiburones puertorriqueños, se desarrolla un romance que no debería existir. El fundador de los Jets y criminal Tony (Ansel Elgort) se enamora de la bella e inteligente María (Rachel Zegler), que a su vez es la hermana del líder de los Tiburones, Bernardo (David Álvarez). Al principio, los dos son capaces de mantener su amor en secreto, pero la disputa entre las bandas rivales se intensifica y con ella un futuro feliz para los dos está en juego. 


    En sus sesenta años de carrera, Steven Spielberg ha realizado varios clásicos del cine que han superado la prueba del tiempo. Entre ellas, el drama de la Segunda Guerra Mundial, La lista de Schindler, la aventura de culto Parque Jurásico y el cuento de hadas extraterrestre atemporal, E.T. - El ExtraterrestreEl director tampoco ha cerrado los ojos a las posibilidades técnicas de la modernidad y quedó demostrado recientemente con su trabajo en la muy citada en la cultura pop Ready Player One, aunque también en el malogrado El buen amigo gigante, en ella, un monstruo CGI se convirtió en el centro de una historia; algo tan moderno que no todos los iconos de la dirección de largo recorrido tienen interés en replicar, prefiriendo centrarse en una producción como en los 'buenos tiempos'. 


     




    A pesar de este currículo sin precedentes, Spielberg calificó su reinterpretación del musical West Side Story como "el mayor reto de su carrera". Este hombre de casi 75 años tiene tanto respeto y amor por la adaptación de los años sesenta de Robert Wise y Jerome Robbins, nominada a 11 premios Oscar, que con todo y el miedo se ha atrevido a hacerlo.



    Tal vez ha sido precisamente esa reverencia al original lo que lo ha empujado a no realizarlo de forma que se corresponda necesariamente con el estándar técnico actual, sino que ha dirigido una película rotundamente nostálgica que bien podría tener muchas décadas de antigüedad. Esto nos lleva inevitablemente a la siguiente pregunta: ¿por qué rodar una obra que ya existe "en lo viejo" de nuevo "en lo viejo" y no aprovechar el hecho de que pudo traspasarse con infinitas posibilidades a lugares actuales?



    Aquí la intemporalidad del material se sostiene por sí sola. Las rivalidades entre bandas, el racismo cotidiano hacia los inmigrantes puertorriqueños, la violencia policial: todo esto no necesita necesariamente un nuevo disfraz. Es más, quizá estos temas tengan más fuerza emocional cuando se comprueba que el status quo apenas ha cambiado en tantas décadas.



    Spielberg y su director de fotografía habitual, Janusz Kaminski, crean un Nueva York de los años 50 que, a pesar de su vuelta a un lenguaje visual de grano grueso, enfáticamente de alto contraste y con mucha luz, que evita el aspecto escénico de la primera adaptación, pasa por un aspecto brillante contemporáneo.



    Amor sin barreras se regodea en una nostalgia que no niega sus orígenes en 2021. Las escenas de canto y baile, creadas con un enorme esfuerzo coreográfico, salen airosas en su colorida y enérgica puesta en escena. Sobre todo, la ligereza omnipresente es seductora, dando una sensación de improvisación incluso en las escenas de multitud meticulosamente planificadas; y eso, además, cuando cientos de personas ejecutan los mismos pasos de baile al milímetro en el mismo segundo. 




    La cámara de Janusz Kaminski se desliza suavemente sobre los montones de escombros. Destacan los hierros oxidados y luego aparecen las ruinas de las casas, imágenes como las del Berlín bombardeado. La secuencia, ingeniosamente dispuesta, prácticamente se regodea en la destrucción, apenas se cansa de los resultados de la violencia que se desata sobre un espacio vital que ha crecido, sobre la brutalidad que arrasa todo un barrio. La banda sonora reproduce motivos del musical West Side Story que la leyenda de Hollywood Steven Spielberg rehace aquí.


    La escena de las ruinas no procede del musical original de Broadway, para el que Leonard Bernstein escribió la música, ni de la primera versión cinematográfica de Robert Wise y Jerome Robbins en 1961. El remake de Spielberg introduce un motivo de gran actualidad en la trama con la demolición de barrios pobres en favor de pisos caros. Sorprendentemente, ni siquiera es inventado: el guionista Tony Kushner investigó y encontró que en los años cincuenta las hileras de casas que rodeaban Lincoln Square y el barrio de San Juan Hill fueron realmente arrasadas.






    Este ejemplo ya ilustra la aproximación general de Spielberg al material, quiere hacer de West Side Story algo más contemporáneo, pero no traslada el musical a la actualidad, sino que lo rueda en un escenario histórico. Al mismo tiempo, la referencia a la gentrificación, exacerba la locura ya inherente al original de Bernstein. El sueño americano es una mera fantasía para la clase baja blanca y los puertorriqueños recién inmigrados, pero en lugar de descargar su ira sobre los verdaderos culpables, los desvalidos de ambos bandos se golpean la cabeza unos a otros durante la batalla por un barrio que está siendo demolido. Ni los Jets blancos ni los Sharks de piel oscura pondrán un pie aquí en el futuro. 


    West Side Story es una larga emocion de dos horas y media en la que hay que dejarse llevar (sobre todo si eres un escéptico de los musicales). Las rivalidades entre bandas de delincuentes que bailan al ritmo de la música ya podían parecer un poco tontas en el original, pero ese es el concepto (musical) que Spielberg ha interiorizado plenamente para su versión. Asimismo, el material se beneficia de una enorme colección de melodías pegadizas que, a lo largo de las décadas, han sido capaces de encontrar una esfera de influencia fuera del propio musical.






    No es un sereto que numerosas clases escolares que estudiarán el material en los próximos años podrán disfrutar de una de las mejores adaptaciones musicales en la historia del cine. Sin embargo, como todo el mundo, tienen que aguantar algunos puntos débiles en cuanto al contenido y la actuación, que sólo disminuyen mínimamente el disfrute de la película, pero impiden que el filme de Spielberg sea considerado uno de los mejores de su carrera en retrospectiva. Él mismo no tiene la culpa de esto, sino en particular el guionista Tony Kushner que establece algunos nuevos impulsos de la historia que no hacen ningún bien a la dirección del contenido.


    En primer lugar tenemos la notable pobre actuación del actor principal Ansel Elgort. Para el prometedor actor, el papel del fundador de los jets, Tony, parece una carga que no puede soportar y que afronta con un desinterés omnipresente. Es cierto que el rodaje de West Side Story tuvo lugar en el verano de 2019 y, por tanto, antes de las acusaciones del #MeToo contra Elgort. Sin embargo, su actuación parece casi escondida, como si no quisiera llamar la atención, como si no quisiera ser notado. Sus expresiones faciales son mínimas, su amor desenfrenado por María es solo pura afirmación y su condición de delincuente nunca pasa a primer plano, lo que destruye un atractivo esencial de la problemática historia de amor Tony-Maria.


     




    Frente a él está la recién llegada Rachel Zegler, que compensa sin esfuerzo lo que a él le falta. De manera tan hermosa, ella se compadece simultáneamente con una actitud rebelde de querer romper incondicionalmente las rivalidades de la banda, con una hermosa voz. Por eso es especialmente lamentable que el contenido se centre aquí más que nunca en Tony, mientras que María tiene que conformarse con el tipo de personaje de la 'damisela en apuros', que ya no está en consonancia con los tiempos.



    Tony no sólo es el personaje mucho menos atractivo debido a la interpretación de Elgort, sino que también pierde sus asperezas debido a la suavización de sus energías criminales. La atracción entre los amantes se resiente como resultado para una historia que extrae sus emociones principalmente de una intensa historia de amor, esto sería una sentencia de muerte si el resto de West Side Story no hubiera resultado tan formalmente perfecto. Es fácil pasar por alto estas lagunas en la cinta, incluso tienes que hacerlo para no quedarte con el hecho de que sorprendentemente muchas cosas se pierden en el camino narrativamente hablando.


    No obstante, también se percibe la reverencia con la que Steven Spielberg aborda el material. Una modernización radical hubisese sido un error. No habría tenido cruceros de carretera de los años 50 conduciendo a través de la imagen, sino que habría tirado por la borda las reminiscencias nostálgicas en la escenografía, los estilos de baile y el vestuario. El viejo maestro del cine estadounidense obviamente no quiso hacerlo, y dedicó la película a su padre en los créditos. Steven Spielberg siempre ha montado caballos de batalla personales en su trabajo y se enamoró de la música de West Side Story cuando era tan sólo un niño; hacer una película de este material había sido su sueño durante muchos años. De este modo, los fans más acérrimos de los musicales obtendrán el valor de su dinero, pero hay que estar preparado para la revelación de que la rueda del género no se reinventa aquí. Tal vez por eso la película se estrena en vísperas de la Navidad...

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