Esta cinta hizo algo que parecía improbable: convirtió un western violento, adulto y larguísimo en un éxito mundial capaz de superar a una leyenda encabezada por Kevin Costner.
Durante años, el western parecía condenado a vivir solo entre homenajes, repeticiones de televisión y conversaciones de cinéfilos interesados en John Ford, Sergio Leone o Clint Eastwood como si acabaran de estrenar película. El género cargaba con una grandeza enorme pero también con ese aire de museo que a veces aleja a las nuevas generaciones.
Luego llegó una generación de cineastas que entendió que el western podía cambiar sin perder su fuerza. Ser más violento, incómodo, político y juguetón con sus propias reglas. Quentin Tarantino llevaba años coqueteando con esa tradición, incluso cuando sus películas no tenían vaqueros. Sus personajes siempre habían hablado como pistoleros antes de disparar.
La película que terminó rompiendo el récord fue Django sin cadenas, estrenada en 2012 y convertida con el tiempo en el western más taquillero de todos los tiempos. La cinta superó a Bailando con lobos, el drama épico dirigido y protagonizado por Kevin Costner que durante décadas había ocupado ese lugar con una recaudación mundial de más de 424 millones de dólares. Django sin cadenas alcanzó alrededor de 426 millones a nivel global, una diferencia pequeña en números de Hollywood, pero enorme para la historia del género.
La revancha de Django no era un western cualquiera
La historia arranca dos años antes de la Guerra Civil estadounidense. Django, interpretado por Jamie Foxx, es un hombre esclavizado que recupera su libertad gracias al doctor King Schultz, un cazarrecompensas alemán con modales finos, puntería precisa y un sentido de la justicia bastante flexible. A partir de ahí, ambos emprenden una ruta sangrienta para rescatar a Broomhilda, la esposa de Django, retenida en una plantación dirigida por Calvin Candie, uno de los villanos más desagradables en la filmografía de Leonardo DiCaprio.
Tarantino no filmó una postal del Viejo Oeste. Armó una fantasía de venganza con humor negro, violencia estilizada, diálogos largos y una rabia histórica que atraviesa cada escena. Christoph Waltz ganó el Oscar por su papel como Schultz, y el propio Tarantino también se llevó la estatuilla a Mejor Guion Original, confirmando que la película no solo había funcionado en taquilla, sino también dentro de la temporada de premios. Para un western ultraviolento de casi tres horas, no fue nada mal.
El récord que antes pertenecía a Kevin Costner
Antes de Django sin cadenas, el gran referente comercial del género era Bailando con lobos. Estrenada en 1990, la película de Kevin Costner se convirtió en un fenómeno inesperado: larga, solemne, ambiciosa y con un protagonista que parecía apostar todo por una visión muy personal del western. Ganó siete premios Oscar, incluido Mejor Película y Mejor Director, y dejó una huella enorme en una época en la que el género ya no parecía tener la misma fuerza popular de sus años dorados.
Bailando con lobos representaba el western prestigioso, épico, humanista, de gran aliento. En cambio, Django sin cadenas, llegó con música anacrónica, sangre a chorros y Samuel L. Jackson robándose las escenas. Dos películas casi opuestas, unidas por el mismo récord.
A 13 años de su estreno, Django sin cadenas sigue generando conversación porque no es una película cómoda. Su tratamiento de la esclavitud, su uso del humor, su violencia y su estilo excesivo han provocado lecturas encontradas desde el principio. Hay quienes la ven como una fantasía liberadora, mientras que otros la consideran una mirada demasiado tarantinesca sobre una herida histórica real. Sea lo que sea, lo cierto esc que película nunca se quedó en un terreno neutral.