Durante años pareció imposible imaginar Hogwarts sin uno de sus profesores más misteriosos. Detrás de cámaras, sin embargo, el actor llegó a plantearse seriamente dejar la saga.
Crecer junto a Harry Potter significó pasar una década viendo cambiar a Daniel Radcliffe, Emma Watson y Rupert Grint frente a la cámara. Pero el reparto adulto también quedó atrapado en un compromiso enorme: ocho películas, rodajes que se extendían durante meses y personajes cuyo verdadero destino ni siquiera estaba escrito cuando comenzó la primera cinta.
Uno de esos actores aceptó participar sin conocer completamente hacia dónde iba su personaje. Con el paso de las películas empezó a sentirse frustrado con la franquicia y llegó a insistir en que quería marcharse. Años después de su muerte, sus diarios personales revelaron hasta qué punto estuvo cerca de hacerlo y la información secreta que le permitió seguir interpretando a uno de los personajes más complejos de toda la saga.
Alan Rickman quiso despedirse de Severus Snape desde las primeras películas
El actor era Alan Rickman, quien interpretó a Severus Snape desde Harry Potter y la piedra filosofal en 2001 hasta Las reliquias de la muerte: Parte 2 una década después. Sus diarios, publicados posteriormente en el libro "Madly, Deeply: The Diaries of Alan Rickman", muestran que su relación con el personaje fue más complicada de lo que podía imaginar cualquier espectador.
Antes incluso del estreno de la primera película ya anotaba cierta inquietud respecto al proyecto. Después de Harry Potter y la cámara secreta, en 2002, la idea se volvió mucho más concreta: escribió que había reiterando su intención de no hacer más películas, aunque el estudio y quienes lo rodeaban parecían poco dispuestos a aceptar esa posibilidad. Más adelante también expresó frustración con algunas decisiones creativas de la saga.
Rickman nunca fue precisamente un actor que aceptara un personaje para limitarse a recitar sus líneas. Venía del teatro británico y de películas como Duro de matar y Robin Hood: Príncipe de los ladrones, y analizaba con bastante detalle qué motivaba a Snape. El problema era que, durante buena parte de los primeros rodajes, solamente una persona conocía realmente todo lo que había detrás de aquel profesor aparentemente hostil.
J.K. Rowling le contó el secreto de Snape antes que al resto del mundo
Desde los primeros años, J.K. Rowling le reveló a Rickman una pieza fundamental del pasado de Snape que todavía no aparecía en los libros publicados: su amor por Lily Potter. El actor guardó el secreto incluso frente a los directores y utilizó esa información para decidir cómo reaccionaba el personaje en determinadas escenas. Años después escribió que aquel pequeño dato le había dado algo a lo que aferrarse durante toda la saga
Eso explica por qué ciertas miradas o silencios de Snape cambian completamente cuando vuelves a ver las películas después de conocer el final. Rickman sabía que detrás del desprecio hacia Harry había una relación mucho más incómoda con sus padres, además de una promesa que seguiría definiendo al personaje durante años. El público tardaría hasta Harry Potter y las reliquias de la muerte, publicado en 2007, en descubrir toda la historia.
Una decisión personal terminó convenciéndolo de llegar hasta el final
El momento decisivo llegó antes de Harry Potter y la Orden del Fénix. En 2005, Rickman fue diagnosticado con una forma agresiva de cáncer de próstata y posteriormente se sometió a una cirugía. Durante ese periodo tuvo que decidir si regresaría para la quinta película. Finalmente escribió dos palabras que cambiaron todo: sí volvería.
No significó que dejaría de tener opiniones fuertes. Sus diarios muestran que podía quedar encantado con una película y completamente frustrado con la siguiente. Elogió especialmente el trabajo de Alfonso Cuarón en El prisionero de Azkaban, al que consideró un cineasta con una mirada mucho más arriesgada, mientras en otras ocasiones criticó la forma en que la saga manejaba la historia o el desarrollo de los personajes.
Rickman murió en 2016 a los 69 años, después de haber mantenido en privado otro diagnóstico de cáncer. Para entonces, Severus Snape ya había quedado inseparable de su voz, su forma de caminar por los pasillos de Hogwarts y esa pausa larguísima antes de casi cualquier frase.