Durante una buena parte de los 90, Julia Roberts fue la reina absoluta de la comedia romántica. La apodaron "la sonrisa de América" y no era difícil entender por qué: bastaba verla en pantalla para que una película se sintiera más luminosa. Mujer bonita la convirtió en fenómeno, La boda de mi mejor amigo confirmó que podía ser encantadora incluso haciendo cosas terribles y Un lugar llamado Notting Hill la puso a jugar con su propia imagen de estrella mundial.
Pero detrás del brillo de las alfombras rojas y la química cinematográfica, no todo fue miel sobre hojuelas. Hollywood ama vender la idea de que las comedias románticas se hacen entre risas, miradas de felicidad y actores que terminan siendo amigos para siempre. La realidad suele ser distinta. En una de sus películas de los noventa, Roberts tuvo una experiencia tan incómoda con su coprotagonista que años después no dudó en decir que su compañero fue un infierno.
Julia Roberts no siempre vivió un cuento romántico
La cinta en cuestión es Me gustan los líos, estrenada en 1994 y protagonizada por Roberts junto a Nick Nolte. La historia sigue a dos periodistas rivales, Sabrina Peterson y Peter Brackett, que compiten por una exclusiva y terminan envueltos en una investigación más grande de lo esperado. Sobre el papel, tenía todo para funcionar: dos estrellas fuertes, romance con tensión, misterio, humor y la intención de recuperar el espíritu de las viejas comedias.
Touchstone Pictures
El problema es que la chispa que debía aparecer en pantalla nunca nació de forma natural. De acuerdo con reportes sobre el rodaje, la relación entre Roberts y Nolte fue pésima desde el inicio. Ella llegó a describirlo como un hombre capaz de repeler a la gente. Él, por su parte, tampoco guardó demasiado la diplomacia con la actriz de La sonrisa de Mona Lisa.
Roberts y Nolte: cero química
La tensión entre ambos se volvió parte de la leyenda de la película. Roberts venía de convertirse en una de las actrices más buscadas de Hollywood, mientras Nolte ya tenía una carrera sólida, con una presencia ruda y áspera, de alguien que parecía haber salido de una pelea. La combinación podía sonar atractiva porque en una buena comedia romántica, los contrastes hacen magia.
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El modelo no era malo. Hollywood había hecho maravillas con parejas que se lanzaban frases como dardos y terminaban enamoradas antes de darse cuenta. Pero ese tipo de cine exige complicidad entre ambas partes. Y cuando los actores no parecen disfrutar el choque, el público lo siente.
La ironía de una reina romántica sin romance en el set
La película no terminó convertida en el clásico romántico que quizá el estudio imaginaba. A diferencia de otros éxitos, Me gustan los líos quedó como una rareza menor dentro de la filmografía de Roberts. No tuvo el encanto irresistible de sus grandes éxitos ni la nostalgia que suele rescatar a tantas comedias de los noventa.
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Lo curioso es que Julia Roberts siguió reinando en la comedia romántica sin necesidad de mirar atrás. Tres años después llegó La boda de mi mejor amigo, una película donde su personaje ni siquiera es la heroína moral de la historia y aun así resulta imposible quitarle los ojos de encima. Luego vino Un lugar llamado Notting Hill, con Hugh Grant, y más tarde Novia fugitiva, donde se reunió con Richard Gere para explotar otra vez la nostalgia de Mujer bonita.