'La Odisea' demuestra hasta dónde ha llegado Nolan como cineasta. En cambio, 'Memento' recuerda de dónde salió todo.
La Odisea es la película del momento. Christopher Nolan tomó uno de los relatos más antiguos de Occidente, lo filmó completamente con cámaras IMAX y lo convirtió en un espectáculo enorme, lleno de mares embravecidos, criaturas mitológicas y estrellas como Matt Damon, Anne Hathaway, Tom Holland y Zendaya. Después de Oppenheimer, parecía complicado hacer algo todavía más grande, pero Nolan encontró la respuesta en un viaje que lleva miles de años siendo contado.
Sin embargo, cuando uno piensa en la película que realmente definió su carrera, no siempre se vuelve a los sueños de El origen, los viajes espaciales de Interestelar ni las batallas de Dunkerque. Muchos vuelven a una habitación de motel, varias fotografías instantáneas y un hombre que necesita tatuarse la información para no olvidarla. Nolan ahora puede movilizar barcos, ejércitos y cámaras gigantes. Pero en Memento le bastó con alterar el orden de una historia para meternos en la cabeza de su protagonista.
Una película que no sólo estaba contada al revés
Cualquiera que vuelva a ver Memento entenderá que su gran aportación no fue inventar la narrativa no lineal. El cine ya había roto la cronología muchas veces antes y títulos como Rashomon o Pulp Fiction habían demostrado que una historia podía avanzar mediante recuerdos, versiones contradictorias y saltos temporales. Lo que Nolan consiguió fue algo distinto: convirtió el desorden narrativo en la experiencia emocional del personaje.
Leonard Shelby, interpretado por Guy Pearce, perdió la capacidad de generar recuerdos nuevos después de sufrir una agresión. Puede hablar, conducir y recordar su vida anterior, pero después de unos minutos olvida dónde está, qué estaba haciendo y por qué debería desconfiar de la persona que tiene enfrente. Para continuar su búsqueda utiliza notas, fotografías Polaroid y tatuajes que presenta como hechos incuestionables, aunque muy pronto descubrimos que hasta la evidencia puede mentir.
La película está construida sobre dos líneas que avanzan en direcciones contrarias. Las escenas en blanco y negro siguen un orden cronológico, mientras las secuencias a color retroceden: cada una termina donde había comenzado la anterior. Ambas se acercan hasta encontrarse en un mismo punto, pero el espectador pasa casi toda la cinta sin saber qué ocurrió unos minutos antes. Curiosamente (o no tanto) es la misma desorientación que vive Leonard cada vez que su memoria vuelve a quedar en blanco.
Nolan convirtió al público en el verdadero protagonista
La primera escena ya nos enseña las reglas. Una fotografía Polaroid muestra un cadáver, pero en lugar de revelarse poco a poco, la imagen comienza a borrarse. La sangre vuelve hacia el cuerpo, una bala regresa a la pistola y el tiempo retrocede hasta el instante anterior al asesinato. No es sólo una entrada llamativa. Desde ahí, Nolan nos avisa que tendremos que reconstruir los hechos desde las consecuencias.
Ya ahí cambia nuestra manera de mirar la película. Normalmente sabemos más que el protagonista porque vimos lo ocurrido antes de que él entrara a una habitación. En Memento estamos igual de indefensos: conocemos el resultado, pero ignoramos qué decisiones llevaron hasta ese lugar. Cada persona podría estar ayudando a Leonard, usándolo o haciendo ambas cosas al mismo tiempo.
Si Memento estuviera ordenada cronológicamente, Leonard dejaría de ser el centro de la experiencia y se convertiría en alguien a quien observamos desde afuera. Al contarla en reversa, Nolan nos obliga a confiar en las mismas pistas incompletas que él. También compartimos su alivio cuando encuentra una nota y su miedo cuando descubre que no recuerda a quien está parado frente a él.