El cine bélico ha dejado imágenes que se quedan pegadas a la memoria que, aunque uno quisiera olvida, no podría. Apocalipsis ahora convirtió Vietnam en una pesadilla alucinada. Pelotón llevó el conflicto bélico a la moral del soldado común. Y Steven Spielberg con Salvando al soldado Ryan hizo que el desembarco de Normandía se sintiera como una herida abierta. Cada una encontró una forma distinta de mirar la guerra, pero las más poderosas comparten algo: nunca permiten que la violencia parezca limpia.
Stanley Kubrick tenía una relación muy particular con el horror humano. En La naranja mecánica lo convirtió en violencia estilizada, luego lo encerró en un hotel en El resplandor y en Dr. Strangelove lo disfrazó de sátira nuclear. Cuando decidió entrar al cine de guerra, lo hizo con una mirada fría, quirúrgica y brutal. Su película no busca héroes impecables ni discursos patrióticos fáciles: busca mostrar cómo se fabrica un soldado y qué queda de él después.
La guerra como máquina de destrucción humana
La cinta es Full Metal Jacket y actualmente puede encontrarse en HBO Max. Estrenada en 1987, fue dirigida por Stanley Kubrick y adaptada de la novela "The Short-Timers" de Gustav Hasford. A simple vista parece una película sobre Vietnam, pero en realidad arranca mucho antes del campo de batalla.
Natant
La primera mitad se desarrolla en Parris Island, durante el entrenamiento de un grupo de reclutas del Cuerpo de Marines de Estados Unidos. Ahí aparece el sargento Hartman, interpretado por R. Lee Ermey, una figura agresiva, precisa y devastadora que terminó convertida en uno de los personajes más recordados del cine bélico. Su misión es borrar cualquier rastro de individualidad en los jóvenes y convertirlos en piezas útiles para la guerra.
En ese bloque también surge Leonard Lawrence, apodado "Gomer Pyle" y encarnado por Vincent D'Onofrio en una actuación incómoda de ver. Su transformación es una de las partes más duras de la película. Kubrick muestra cómo la humillación, el aislamiento y la presión institucional pueden romper a alguien desde adentro.
Dos películas dentro de una misma pesadilla
Full Metal Jacket tiene una estructura muy particular porque casi parece dividirse en dos películas. La primera habla de la fabricación del soldado. La segunda lo lanza al Vietnam real, entre ruinas, fuego, propaganda y muerte. Matthew Modine interpreta a Joker, un marine convertido en periodista de guerra que lleva en el casco la frase "Born to Kill" junto a un símbolo de paz, una contradicción resume buena parte de la película.
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Kubrick nunca deja que el espectador se acomode del todo. La parte del entrenamiento está llena de gritos, repeticiones, órdenes y encuadres cerrados. La parte de Vietnam se siente más rota, como si el mundo ya hubiera perdido cualquier lógica. El paso de un bloque al otro deja claro que la guerra no es una aventura, sino la continuación de una violencia que ya empezó en casa.
Una película imposible de olvidar
Décadas después, Full Metal Jacket conserva su intensidad porque entiende la guerra como proceso, no solo como explosión. Antes de los disparos está el lenguaje, la disciplina, la burla, la obediencia y la pérdida gradual de identidad. Kubrick filma el camino que lleva a un muchacho hasta el lugar del conflicto.
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Su violencia sigue siendo difícil de procesar porque no depende solo de la sangre. Está en las palabras, silencios, miradas quebradas y la manera en que los personajes aprenden a hablar como si la muerte fuera parte del entrenamiento. HBO Max la tiene como una de esas películas que conviene ver con atención porque envejeció como advertencia.